El pasado fin de semana disfruté la hospitalidad de los encantadores señores Van de Kamp en el rompeolas de las Españas, donde fui a empaparme de cosmopolitismo y high culture, que esto de vivir en provincias a veces me desbobina los émbolos y me pone los ergios de punta.
La noche del viernes fue efectivamente rebobinante gracias a la actuación de Faemino y Cansado en La Sala de Carabanchel. El espectáculo es el mismo de siempre: ya conocemos el atrezzo, la estructura, los chistes y la dinámica del dúo. Nada que objetar, siempre les ha funcionado y les permite desbarrar a gusto improvisando variaciones sobre lo conocido, además de establecer una complicidad instantánea con el público, por lo general formado por incondicionales que ya se saben todas las coletillas (como "¡qué va, qué va, qué va!"... tres minipuntos para el primero que responda correctamente). Cansado es el que dirige el cotarro: habla rapidísimo y sin descanso, en todo momento controla el ritmo de la actuación. Faemino (el más alto y loco de los dos) es el que pone la puntilla y lleva los gags a extremos absurdos (quiero que me presente a su camello). Hora y pico, casi dos, de carcajadas. Los únicos "peros" fueron tener que soportar lo que mi amigo marxista llama "la miseria humana" en forma de unos gañanes de metro ochenta que querían colarse delante de nosotras para ver mejor - ellos, claro, que no eran precisamente transparentes -, y tener que estar de pie durante todo ese tiempo. Verán ustedes, yo ya tengo una edad y, desde que aprendí a sostenerme (y a caminar, aún a base de esguinces anuales) sobre tacones de ocho centímetros, a veces me olvido de que presumir de piernas largas no es compatible con conservar una espalda sana. Ni una silla había en todo el antro, qué crueldad.
Al acabar el espectáculo, Mrs. Van de Kamp y yo estábamos para la carta de ajuste, pero con un hambre desaforada, así que nos fuimos derechitas a un VIPs (sin que sirva de precedente, pero parece que a la una y media de la mañana no hay papeo en ningún otro sitio de la capital) a zamparnos media vaca en forma de hamburguesa doble. Esa noche soñé que sentía una atracción fatal por Hugo "Hurley" Reyes. Todavía tengo pesadillas de culpabilidad (por la vaca, no por Reyes).
El resto del fin de semana fue una sucesión de buen comer y mejor vivir. También hubo un momento "¡quememos la tarjeta!¡viva el capital!" traducido en la compra (también sin que sirva de precedente, que la beca no es de chicle) de unos zapatos galvanoplásticos e híper-baratos.
Tan electrocutante resultó la visita, que el finde que viene, repito. Además, no puedo faltar al evento social más importante del mes e incluso posiblemente, del año: la "quedada interbloguera" a la que acudirán, entre otros, los autores de El sabor del cerdo agridulce y El callejón de los gatos, dos de los blogs que más disfruto leyendo.
Para no repetir lo que ya muy bien ha escrito el Sr. Palomares, les remito a su convocatoria, que es abierta, así que... no sean tímidos, anímense. The more, the merrier.
Tanto si vienen como si no, tengan en cuenta que dentro de cinco minutos se acaba el mundo, así que aprovechen lo que les queda. ¡Rían!:












